Buen vino bajo las Bóvedas

Jueves, Diciembre 27th, 2007 @ 8:30 am | Vinos

Desde la llanura del Ebro hasta los Pirineos, una ruta de bodegas y castillos.
Dos proyectos del arquitecto navarro Rafael Moneo: Señorío de Arínzano y Juan Magaña. Y una bodega muy audaz: Señorío de Otazu. Tres paradas en un itinerario por una tierra de tintos carnosos y blancos aromáticos.

Puede el viajero plantearse un paseo por Navarra como una cuesta arriba, si se encara este viejo reino de sur a norte. Por abajo se expanden las tierras bajas, planas, frutales y ribereñas del Ebro, y por arriba, los duros escarpes de los Pirineos. De ribera a cordillera, Navarra pasa del ager al saltus, es decir, del cereal al bosque. Y sin faltar los entreverados viñedos que surten las bodegas navarras de una pléyade variada y notable de excelentes vinos. En este caminar de abajo arriba sobran paisajes y lugares que merece la pena disfrutar.

Por empezar por la ribera, Tudela, capital de la comarca, deja ver los precarios restos de su polivalente carácter judío, moro y cristiano. La catedral, que otea los huertos ribereños, está de pie sobre lo que fue la mezquita mayor. El monasterio cisterciense de La Oliva luce un gótico soberbio. Por allí se alzan varios castillos que, abdicadas sus viejas funciones militares, se dedican a otras cosas. Uno es el de Olite, reciclado en parador turístico. Otro, el de Ujué, aunque no es propiamente castillo, sino mestizo de castillo e iglesia, tiene almenado el campanario. El corazón del rey navarro Carlos El Malo se guarda allí, desde 1387, en arqueta de plata.

Muy próximo sobrevive bien el castillo de Javier, cuna del famoso santo jesuita. En la Merindad de Tudela está Barillas, y allí, la bodega de Juan Magaña, pequeña pero impactante, un proyecto dirigido por el arquitecto navarro Rafael Moneo, donde se crían algunos de los mejores tintos de la denominación de origen. Subiendo hacia los Pirineos, Tafalla (jardín de Navarra), cerealista y vinatera, donde dicen que descansaban los reyes, por lo sano de su clima y lo refrescante de su viento cierzo. Aquí se encuentra la Vinícola Navarra, fundada en 1864, capaz de elaborar casi cinco millones de litros y pionera en los rosados de calidad con su marca Las Campanas.

Siguiendo la cuesta arriba, y haciendo, como es natural, parada y fonda en Pamplona, entramos en pleno Camino de Santiago, que ese es otro cantar. Camino y vino. Nos acercamos a Estrella, con su tradición de plegarias y batallas, belicosa y devota, amparada en sus seculares creencias por templo de Puy, el monasterio de Irache y Montejurra. Hay zonas que conviene visitar, como Valdizarbe, Añorbe, Obanos, Eunate. Puente la Reina, Muruzábal, Villamayor de Monjardín, en el hermoso valle de San Esteban, donde la fe y la inspiración de Víctor del Villar han servido para crear una bodega y viñedos ejemplares. Sobrio edificio construido con materiales nobles: piedra, teja vieja, pino soriano. Camino de Pamplona, Etxauri y la bodega más arriesgada de Navarra, Señorío de Otazu. Situada en el límite que roza la zona verde de Navarra, esta explotación agraria busca la integración en el medio ambiente. El proyecto arquitectónico es de Jaime Gaztelu y Ana Fernández de Mendía, y calculó las bóvedas el ingeniero Juan José Arenas. A su fundador, Gabarbide, le advirtieron, entre voces de alarma y algún comentario jocoso, que sólo conseguiría elaborar un mediocre chacolí. Se equivocaron, porque en esta entrañable bodega, digna de visitar para contemplar la contundencia de sus bóvedas, se elaboran vinos excelentes.

Pero lo que destaca con luz propia en la Merindad de Estrella es el Señorío de Arínzano. Itinerario de gran interés artístico-cultural en el que la arquitectura antigua se contrapuntea con la más avanzada en una de las bodegas más hermosas de España. Está ubicada en un precioso conjunto monumental cuyos orígenes datan del siglo XI, uno de los pocos palacios de Cabo de Armería que quedan en Navarra. Está situada a orillas del río Ega, en un entorno muy bonito. El Señorío, una finca de 300 hectáreas en el término municipal de Aberin, consta de tres edificios que se integran con el paisaje de la finca: una torre defensiva del siglo XVI, una casona del XVIII y una capilla neoclásica. La restauración y edificación de una bodega fue encomendada a Rafael Moneo. El resultado es espléndido, una sobria y armoniosa bodega de hormigón abujardado y labrado que con el tiempo adquirirá una pátina pétrea. En el interior, las cubiertas son de madera, y el acabado exterior de las mismas está realizado en cobre, que al envejecer, como el vino, se ennoblece.

Ya llegamos. Son los valles del norte, amenos y feraces, como Elizondo, blanquinegro, techado en rojo y revestido de praderas, en el Baztán. O Roncal, bosques y  ganado lanar. Excelente queso para el mejor vino. Y punto final.
Fuente:
El País. El Viajero. 17/11/2007
Carlos Delgado



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