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Azafrán. La Especia del Amanecer.

Feb 14, 2008 in Especias

Cada año, el último fin de semana de octubre, la villa Toledana de Consuegra se tiñe de púrpura. Celebra la cosecha del azafrán y rinde culto a la especia más cara y preciada del mundo. La flor de la rosa del azafrán, una de las más bellas de la Mancha, brota sólo durante tres semanas.

“Por Santa Teresa, rosa en la mesa”, reza el refranero popular que señala el 15 de octubre, semana arriba, semana abajo, como fecha en que los campos consaburenses comienzan a llenarse de pequeñas y tibias flores de color violado. Han transcurrido cinco largos meses desde que se plantaron en la ancha llanura, allá por el mes de mayo, con sumo cuidado y en largos surcos, los bulbos del azafrán, el llamado oro rojo, la especia más apreciada del mundo. Su flor, tan bella como frágil, de un color púrpura brillante, brota tan sólo durante tres semanas. Apenas sobrevive sin marchitarse un par de días y, caprichos de la naturaleza, no soporta el sol en una tierra sobrada de luz.

Pocas flores hay más efímeras: no acaba de nacer cuando ya hay que cosecharla. Una recogida que se realiza a mano, de madrugada y con suma delicadeza. En su esmerado tratamiento reside buena parte del misterio que rodea el elevado coste de esta especia. También en el hecho de que para conseguir un kilo de azafrán es necesario recolectar entre 200.000 y 400.000 ejemplares de estas altivas flores. Para entender realmente la razón de tan extraordinario valor, ese que le hace alcanzar los 3.000 euros el kilo –cantidad cinco veces superior al de la vainilla y hasta treinta veces más que el aromático y ligeramente picante cardamomo- hay que seguir de cerca todo el proceso. Si la recolección es difícil, más complicado es el momento del desbriznado o monda. Es esta una operación ardua, minuciosa y muy precisa en la que son necesarias manos expertas y temple de cirujano. Un error en el momento de extraer los tres valiosísimos, diminutos y rojizos estigmas de la flor, por mínimo que sea, puede echar por tierra buena parte de las expectativas. Por eso una vez concluida la monda y el posterior tostado o secado de los clavos, los agricultores dan gracias al cielo y rienda suelta a la alegría. Y lo hacen, para no tentar en exceso a la suerte, al concluir la cosecha, el último fin de semana de octubre. Es la Fiesta de la Rosa del Azafrán.

Desvaríos de caballeros
Por extraño que parezca, la fiesta del azafrán no hundo sus raíces en la larga y fructífera historia manchega. El Quijote, la Biblia local, no recoge este singular festejo, por otra parte tan cervantino. Tampoco podría, puesto que su celebración apenas si alcanza el medio siglo de existencia –la que se celebró este año es la 44 edición-. La fiesta comenzó su andadura en medio de la improvisación allá por el mes de octubre de 1963, cuando el austriaco Oskar Dignöes, entusiasta director de la Oficina de Turismo de Austria en España, y el alcalde y el concejal de Consuegra, Pedro Albacete y Francisco Domínguez, respectivamente, decidieron tirar de imaginación y despertar un pueblo necesitado de nuevas ilusiones. Y no se les ocurrió otra cosa que convertir al azafrán en protagonista.

Razones para ello, bien es cierto, no faltaban: la especia que surgía de los campos junto a Consuegra, situada a 130 kilómetros al sur de Madrid y a escasos 60 kilómetros de Toledo, era y es la de mayor calidad del mundo; fue y es un producto exclusivo, y el 90% de toda la producción española salía y, sigue hoy saliendo, de estas secas y duras tierras. La iniciativa contó desde el principio con la indiferencia de unos vecinos que pronto cambiarían de opinión. La profusa difusión que del evento realizó el NO-DO (el noticiario-documental de la etapa franquista) no tardó en convertir aquella inicial reunión de amigos en una fiesta regional y, años más tarde, en certamen nacional e internacional. El paso de festividad agrícola a acontecimiento turístico fue visto y no visto. Hoy la Rosa del Azafrán es una fiesta de interés turístico que cada vez atrae a más curiosos.

Molienda de la paz
Si el alma del festejo es el azafrán, la savia que lo mantiene con sonrosada lozanía después de casi medio siglo de existencia no es otra que la naturaleza y diversidad de sus actos, ya sean estos concursos, certámenes o exposiciones. La celebración comienza, y así lo hace desde sus inicios, con la elección de Dulcinea y sus damas. El acto es un guiño turístico inevitable al pasado cervantino de esta comunidad, pero también, y sobre todo, un reconocido homenaje al impecable y agotador trabajo que las mujeres de la localidad realizan durante el tiempo de cosecha. Proclamada la sin par dama, se procede a inaugurar el recinto ferial y dar comienzo al acto estelar de la celebración: la monda del azafrán, un concurso celebrado en tres actos –local el viernes, regional el sábado y nacional el domingo- donde los representantes de las distintas localidades, ataviados con sus típicos trajes regionales, compiten por ver quién se da más maña en la extracción de los tres preciados clavos rojizos de la flor. El jurado no sólo valorará la rapidez del concursante; premiará, también, su habilidad y limpieza en la extracción de los estigmas, aspecto este que si bien puede parecer insignificante a los ojos de un profano, incide de manera fundamental en la calidad final del azafrán.

En el ecuador de la fiesta, el escenario se traslada desde la plaza de España, lugar en el que se realiza el concurso de monda, hasta lo alto del cerro Calderito, una vecina atalaya natural desde la que se ofrece una de las más bellas estampas de la inmensidad manchega. Arriba, en lo alto de la crestería, once molinos y un fantástico castillo medieval, el de la Muela, bastión sanjuanista hasta 1837, esperan al visitante. La historia, siempre sabia a la hora de elegir sus escenarios, escribió aquí alguna de sus páginas más ilustres. Entre los anchos muros del castillo –algunos de hasta 8,5 metros de espesor- encontró la muerte Don Diego Rodríguez, el único hijo varón del Cid, de manos de los fieros almorávides en el verano de 1097. La gesta, ahogado ya el resentimiento tras siglos de penar, ha dado lugar a otra gran celebración local, Consuegra Medieval, en la que los vecinos reproducen con fidelidad cartesiana los avatares de aquella lejana batalla. Pero esa es otra historia.

Puesto que el castillo ya tiene su propia celebración, son los molinos los que reciben el agasajo del pueblo durante la festividad del azafrán. Y es aquel que lleva por nombre Sancho el que acapara gran parte del protagonismo. En su interior, una de las maquinarias más antiguas de las que se conservan en España desentumece su engranaje para realizar la llamada Molienda de la Paz, un empalagoso titulo para un acto que pretende simbolizar la igualdad del género humano. El trigo empleado en la molienda, procedente de decenas de lugares de todo el mundo y ya convertido en harina, es repartido entre los asistentes en pequeños sacos a ritmo de jotas, fandangos y seguidillas. Todo un detalle a la vista de los precios que alcanzan en el mercado tan singulares productos.

Degustación gastronómica
No acaba aquí la fiesta. De vuelta al recinto urbano, el certamen gastronómico acapara la atención. Rin-ran (plato a base de bacalao seco), migas, gachas, potes, calderetas de cordero y todo el amplio y sabroso recetario quijotesco hierven a fuego lento, aquí y allá, levantando pequeñas columnas de humo que impregnan de insólitos aromas las calles en torno al paseo de Don José Ortega y Munilla. Es la tarde del domingo; la fiesta toca a su fin. Tres jornadas agotadoras repletas de encuentros y descubrimientos tan efímeros como la misma Rosa del Azafrán.
Fuente:
Por Julián Dueñas
Revista Paisajes N°204